Siempre que veo una señora con un pañuelo en la cabeza y sin cejas se me cae la fachada (que sólo sirve para mí) de insensible. Ya pasó mucho tiempo desde la última vez que tuve lágrimas en los ojos, pero puedo sentir el impulso. "Estoy perdiendo el control; se rebalsa el dique".

Lo que noté en la mujer que vi hoy, fue que tenía una pulsera roja, de tela, ésas del Gauchito Gil o lo que sea. Me hizo pensar en lo fácil que es abrirse a la superstición. Pensé que no me culparía a mí mismo si tuviera que abandonar el escepticismo cuando crea que estoy por morir. Capaz hasta me cuelgue un crucifijo. No creo que nadie tenga las bolas para criticármelo.

Me vi puto, macho, exitoso, perdedor, dibujante, escritor, inteligente, pelotudo, creativo, infértil, gracioso, aburrido, feliz, deprimido; tan cerca me sentí de la muerte que no vi mi vida, sino todas las vidas posibles. Lo único que se mantenía era mi sexo y mi aspecto físico: tan superficial es mi identidad. Supongo que no me vi creyente, ni humilde, tampoco: cisexual, arrogante y escéptico; lo único que importa. Sonreí y presté atención a la canción que escuchaba: ésos serían los elementos de mi superstición.

El pañuelo y el artículo religioso: la vanidad y la superstición: el traje de la muerte.

Sumergirse en la superficie

Tengo la sensación de que soy un stalker en Facebok.

No de alguna persona en particular, sino como actitud general. Veo la vida de las personas, pero no interactúo. No soy un buen stalker -eso requiere mucho compromiso y si hay algo que no soy es comprometido-; veo sólo un poco de cada uno. No me esfuerzo por seguir un hilo de eventos, no sé bien los nombres de las personas cuyos estados leo, pero me mantengo del lado de afuera de la vidriera. Un stalker casual. Capaz "stalker" no es la palabra, pero si usara otra (observador?) sentiría que estoy disculpando demasiado mi comportamiento. Prefiero pecar de exceso de autocrítica que de falta de la misma. No es muy sano eso, pero es así.

Lo que me preocupa, sin embargo, es que noté -no hace mucho- que esa actitud empezó a filtrarse a este lado de la pantalla. Parezco haber decidido que todas mis relaciones serían así: vistas de afuera. Apoyando la nariz en el vidrio, pero nunca entrando. Dejando siempre las mismas tres desagradables marcas de grasa de la nariz y los cachetes. O la nariz y la frente, dependiendo de qué tan abajo tenga que mirar en cada caso. A veces las marcas se limpian y otras no, pero eso no es asunto mío.

La arena quemada, refulgiente, se vuelve líquida y parece magma, pero se usa para crear cortezas y no profundidades. Está bien, desde cuándo el valor de la Tierra está en el magma y no en las montañas? Hay tanto para explorar y tan poco podemos abarcar, que es necesario especializarse. Todavía tengo las mismas fantasías de antes, pero decidí que prefiero sumergirme en la superficie que rozar la profundidad.

Ayer.

Las diez cuadras se hacen largas. Son insidiosas. Parece que ya estoy ahí, pero ellas se extienden sin avisar; como vengándose porque no las caminé cuando la lluvia las hacía menos amigables. Tal vez sea porque ya bajó el Sol. Mientras no haga calor durante el día, que incrementa cualquier esfuerzo y, por lo tanto, sensibiliza las piernas a cualquier distancia, las calles parecen, en general, más largas a la noche. No que me queje, por el contrario: significa que uno puede caminar menos físicamente y sentir, anímicamente, que caminó más. Casi siempre es bueno, porque a veces hay apuro. Cada vez que noto cómo la distancia no se acorta tengo que mirar para atrás, así me aseguro de que sigo caminando hacia adelante.

De a poco, sin embargo, las diez me van convenciendo de que no estaban vengándose (qué mal pensado), sino invitándome a recorrerlas de verdad. Es raro porque ya las conocía, pero hoy deben haberme estado esperando. Se prepararon. Se arreglaron. Conspiraron con el puente para que esperara que se me cayera el mundo encima y ahora que eso no pasó y me convencí de que hoy no pasa, me acarician los pies y casi que me hacen olvidarme del día molesto. Ellos me dicen que es momento de ir despacio: vamos, la solución al apuro no es más apuro, es distracción, y nadie se distrae sin contemplación, susurran, porque les gustan las caricias. Escuchando subrepticiamente, las calles invitan amigas. Todavía no llegué a la décima, pero ya veo cómo llaman a la onceava y hasta a la vigésima.

1, 1, 2, 3, 5.

Tenemos una obsesión con la originalidad. No hay nada nuevo
bajo el Sol, pero parece que esa idea nos aterra. No debería. Hay algo hermoso en la repetición. Sin embargo, estamos obsesionados con el fetiche de la anomalía y despreciamos la analogía. Esta actitud se filtra en toda nuestra percepción del mundo y nuestra percepción del mundo termina siendo el filtro que propone ese fetiche.

Tememos todo lo que se repite. Se nos enseña que hay que conocer la historia para no repetir los mismos errores, pero se olvidan de que también hay que conocer la historia para repetir los mismos éxitos. Este desconocimiento de la historia (y este acercamiento a su conocimiento) se transfiere a lo individual: tratamos de olvidarnos del pasado. "Yo no tengo pasado", "olvidate de mi pasado", "yo soy acá y ahora", etc. Es una estupidéz. Sos acá y ahora porque tenés pasado, sos acá y ahora porque fuiste allá y entonces. Esa ilusión de ser una persona sin pasado radica en que querríamos no haber cometido los errores que cometimos y en que preferiríamos que las otras personas no nos reconocieran por ellos, sino por lo que les presentamos "acá y ahora". Nos olvidamos de que lo que presentamos acá y ahora es así gracias (y por culpa de) lo anterior y, además, de que es gracias a ese pasado que sabemos lo que queremos y lo que nos agrada. No hay que conocer el pasado sólo para evitar los errores, sino también para saber qué es lo que sí queremos repetir. Y si, por todo aquello que repetimos, nos juzgan de inadecuados para lo que sea, es posible que tengan razón. Llegó la hora de crecer y aceptarse como individuo falible. No puedo imaginarme nada más aburrido que un ser humano sin pasado; que es prácticamente lo mismo que decir un ser humano sin personalidad, experiencias, sabiduría, chistes verdes.

Terminamos por transferir este fetiche inútil e ingenuo a nuestra vida diaria (que supuestamente es el "presente", a pesar de que no exista tal cosa o al menos sea imposible de percibir; de hecho, cuando decimos "presente" o "aquí y ahora", nos referimos a un lapso gigante: nuestros días, nuestros meses, nuestros años. Desde cuándo y hasta cuándo queda indefinido, pero es claro que no nos referimos nunca a "este milisegundo" y debería quedar claro también que, incluso si lo hiciéramos, "este milisegundo" también es un tiempo con principio y fin y no existe ese supuesto "instante" permanente e ilimitado que es lo único que podría ser un "presente") y entonces huimos a lo que entendemos como rutina. Hay que escapar de la rutina. Hay que buscar lo excepcional y no lo repetido. La subestimamos criminalmente: la rutina es la que forma los momentos más importantes de nuestro pasado y, por lo tanto, la que forma lo que somos ahora y lo que seremos más adelante. Esa idea hollywoodense de que tenemos un día único que redefine nuestras vidas es un mito inservible. Tenemos miles de oportunidades de cambiarlo todo, sí, pero sólo terminan por definirnos aquéllas que tomamos con regularidad. Las relaciones más importantes que tenemos se basan en el constante contacto y el juego permanente en el que nos incluyen. Somos lo que sea que hayamos llegado a ser y las relaciones que logramos mantener debido a la rutina, gracias a la repetición.

Como decía en un principio, la originalidad está sobrevaluada. Muchas personas la ven como un fin en sí mismo, no lo es: demasiados actos podrían realizarse que seguramente serían originales pero que no aportarían nada a nadie. Dejo como tarea para el hogar que cada uno piense en el más ridículo que se le pueda ocurrir. La reflexión sobre ese acto puede despertar alguna idea interesante, pero eso no es diferente que con cualquier otra cosa y, al final, lo relevante es la epifanía del acto de reflexión y no la originalidad del burdo esfuerzo sobre el cual se realizó. Tanto puede reflexionarse mirando a una hormiga caminando por el pasto, tal vez una de las actividades menos originales que puedan imaginarse, que con cualquier otro acto. Lo relevante es, al final, la singularización del evento y no lo singular del evento. Esto también lleva aparejada otra pequeña reflexión: la futilidad de la persecución de la espontaneidad. Tantas personas se desesperan por ser espontáneas en su actos creativos que olvidan que espontaneidad necesariamente implica automatización. La única forma de escaparse de la prisión automática de lo espontáneo es el acto introspectivo, el análisis de nuestra propia automatización, la abstracción (base de todo lo interesante que nos permiten hacer nuestras capacidades cognitivas superiores) de nuestros procesos de repetición para saber cuándo y cómo es relevante producir la excepción. A su  vez, lograr ese acto requiere de conocimiento, investigación: la construcción de un pasado (una memoria) más productivo.

Voy a repetir hasta morirme que dejemos de ser tan infantiles y aprendamos el valor de la repetición. Es lo único que nos forma. Las situaciones análogas nos unen, las excepcionales sólo lo logran si son analogables con otras. En eso se basa todo nuestro aparato cognitivo, todo el lenguaje, todas las abstracciones de las que somos capaces tienen base en que haya repetición. La vida de puras excepciones es lo que (como bien calculaba el gran repetidor de patrones ficcionales, Jorgito) atormentaría a alguien como Funes el memorioso.

Zwischen Semtex und Utopie.

Desde los reflejos de astros en superficies irrelevantes hasta la comprensión de la materia oscura. Desde la lúz del señuelo de un pez barófilo hasta el vuelo de las golondrinas. En fin, desde que dijimos "hola" hasta que entendimos lo que comunicábamos. Siempre incapaces de hablar de cosas que tuvieran que ver con nosotros, aunque excepcionalmente aptos para tener conversaciones.

Cuando habitamos el interludio y explotamos en la utopía nos olvidamos de las antenas al cielo y las reemplazamos por las espirales en el año cero. Me cansé de las referencias elaboradas y decidí que era mejor hablar de mí. Ahora entiendo que el "referencial" es un lenguaje que refleja las cosas que queremos decir con las palabras que no elegiríamos; pero ya es tarde. Ya atrofié el órgano del lenguaje. Vas a tener que esperar a que aprenda a balbucear honestamente en lugar de mentirte con tanto *arcanismo.

2003

Todavía estoy intentando recuperar el Sol de esa tarde. Fue perfecto. El colectivo se movía aletargado, pesado por la atmósfera que tenía que cargar. Adentro todo se veía sepia. Las esquinas parecían no existir, sino que decidíamos doblar al unísono. Las calles eran un líquido y todos nosotros el recipiente: no tenían opción más que adaptarse a nuestra forma y voluntad.

Ella me miró y yo la nombré Ana. Escribí unos avergonzantes versos comparando su mirada con un martillo (o algo así) y mis pulmones con vidrio. Usé todos los sinónimos que conozco de "destruir" y me acordé de por qué está mal hablar de amor. "Hay muchas cosas que pueden pasar entre una mirada y enamorarse" todavía escucho cuando pienso en lo incorrecto que está usar esos términos, como si todo fuera lo mismo.

Me acuerdo de lo que tenía puesto (el sepia del aire; puede ser que surgiera de ella), de los ojos y de los labios. Desencadenaron recuerdos de todas las vergüenzas, pero en lugar de sonrojarme me reí como un idiota. Tampoco me importó. No se trataba de materializar a Ana en ningún tipo de contacto o relación, simplemente fue un momento de los que uno se imagina que están hechos los optimistas. Me concentré en guardarlo para después y hoy, cuando la marea estuvo más baja, alcancé a ver la isla húmeda de su cara -filtrada sepia- que asomaba.

Un par de pasos.

Siempre corriendo para los lugares que no son. Algunos parece que son espejismos, otros parece que me convierten en espejismo; se deshacen a medida que te acercás o hacen que te deshagas mientras más querés estar ahí. Al final, cuando me dijeron "vos para esto no estás", me parece que se referían a algo más general: no estoy para correr, no que no estoy para correr en esa dirección. Entonces salgo a caminar. Deambulo, dirán. Es mejor así: sin dirección, pero perseverante.

Anoto cosas en el celular, cosas para después o direcciones de lugares que me gustan. Eso último se siente prometedor: son como islas postergadas, viajes potenciales; King Kong estará en alguna. Como sea, son lugares a los que volver, pero mientras más procrastino visitarlas menos "volver" y más "ir" va a ser visitarlas. Es como improvisar escritura; es como conversar en forma de pasos, digo, caminar a la noche. Es, también, uno de mis momentos favoritos para pensar. Todas las cosas concuerdan en que es de noche y confabulan para encontrarse en ese estado. No soy quién para contradecirlas.