Tenemos una obsesión con la originalidad. No hay nada nuevo
bajo el Sol, pero parece que esa idea nos aterra. No debería. Hay algo
hermoso en la repetición. Sin embargo, estamos obsesionados con el
fetiche de la anomalía y despreciamos la analogía. Esta actitud se
filtra en toda nuestra percepción del mundo y nuestra percepción del
mundo termina siendo el filtro que propone ese fetiche.
Tememos todo lo que se repite. Se nos enseña que hay que conocer la
historia para no repetir los mismos errores, pero se olvidan de que
también hay que conocer la historia para repetir los mismos éxitos. Este
desconocimiento de la historia (y este acercamiento a su conocimiento)
se transfiere a lo individual: tratamos de olvidarnos del pasado. "Yo no
tengo pasado", "olvidate de mi pasado", "yo soy acá y ahora", etc. Es
una estupidéz. Sos acá y ahora porque tenés pasado, sos acá y ahora
porque fuiste allá y entonces. Esa ilusión de ser una persona sin pasado
radica en que querríamos no haber cometido los errores que cometimos y
en que preferiríamos que las otras personas no nos reconocieran por
ellos, sino por lo que les presentamos "acá y ahora". Nos olvidamos de
que lo que presentamos acá y ahora es así gracias (y por culpa de) lo
anterior y, además, de que es gracias a ese pasado que sabemos lo que
queremos y lo que nos agrada. No hay que conocer el pasado sólo para
evitar los errores, sino también para saber qué es lo que sí queremos
repetir. Y si, por todo aquello que repetimos, nos juzgan de inadecuados
para lo que sea, es posible que tengan razón. Llegó la hora de crecer y
aceptarse como individuo falible. No puedo imaginarme nada más aburrido
que un ser humano sin pasado; que es prácticamente lo mismo que decir
un ser humano sin personalidad, experiencias, sabiduría, chistes verdes.
Terminamos por transferir este fetiche inútil e ingenuo a nuestra vida
diaria (que supuestamente es el "presente", a pesar de que no exista tal
cosa o al menos sea imposible de percibir; de hecho, cuando decimos
"presente" o "aquí y ahora", nos referimos a un lapso gigante: nuestros
días, nuestros meses, nuestros años. Desde cuándo y hasta cuándo queda
indefinido, pero es claro que no nos referimos nunca a "este
milisegundo" y debería quedar claro también que, incluso si lo
hiciéramos, "este milisegundo" también es un tiempo con principio y fin y
no existe ese supuesto "instante" permanente e ilimitado que es lo
único que podría ser un "presente") y entonces huimos a lo que
entendemos como rutina. Hay que escapar de la rutina. Hay que buscar lo
excepcional y no lo repetido. La subestimamos criminalmente: la rutina
es la que forma los momentos más importantes de nuestro pasado y, por lo
tanto, la que forma lo que somos ahora y lo que seremos más adelante.
Esa idea hollywoodense de que tenemos un día único que redefine nuestras
vidas es un mito inservible. Tenemos miles de oportunidades de
cambiarlo todo, sí, pero sólo terminan por definirnos aquéllas que
tomamos con regularidad. Las relaciones más importantes que tenemos se
basan en el constante contacto y el juego permanente en el que nos
incluyen. Somos lo que sea que hayamos llegado a ser y las relaciones
que logramos mantener debido a la rutina, gracias a la repetición.
Como
decía en un principio, la originalidad está sobrevaluada. Muchas
personas la ven como un fin en sí mismo, no lo es: demasiados actos
podrían realizarse que seguramente serían originales pero que no
aportarían nada a nadie. Dejo como tarea para el hogar que cada uno
piense en el más ridículo que se le pueda ocurrir. La reflexión sobre
ese acto puede despertar alguna idea interesante, pero eso no es
diferente que con cualquier otra cosa y, al final, lo relevante es la
epifanía del acto de reflexión y no la originalidad del burdo esfuerzo
sobre el cual se realizó. Tanto puede reflexionarse mirando a una
hormiga caminando por el pasto, tal vez una de las actividades menos
originales que puedan imaginarse, que con cualquier otro acto. Lo
relevante es, al final, la singularización del evento y no lo singular
del evento. Esto también lleva aparejada otra pequeña reflexión: la
futilidad de la persecución de la espontaneidad. Tantas personas se
desesperan por ser espontáneas en su actos creativos que olvidan que
espontaneidad necesariamente implica automatización. La única forma de
escaparse de la prisión automática de lo espontáneo es el acto
introspectivo, el análisis de nuestra propia automatización, la
abstracción (base de todo lo interesante que nos permiten hacer nuestras
capacidades cognitivas superiores) de nuestros procesos de repetición
para saber
cuándo y cómo es relevante producir la excepción. A su vez, lograr ese
acto requiere de conocimiento, investigación: la construcción de un
pasado (una memoria) más productivo.
Voy a repetir hasta morirme que dejemos de ser tan infantiles y
aprendamos el valor de la repetición. Es lo único que nos forma. Las
situaciones análogas nos unen, las excepcionales sólo lo logran si son
analogables con otras. En eso se basa todo nuestro aparato cognitivo,
todo el lenguaje, todas las abstracciones de las que somos capaces
tienen base en que haya repetición. La vida de puras excepciones es lo
que (como bien calculaba el gran repetidor de patrones ficcionales,
Jorgito) atormentaría a alguien como Funes el memorioso.
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