2003

Todavía estoy intentando recuperar el Sol de esa tarde. Fue perfecto. El colectivo se movía aletargado, pesado por la atmósfera que tenía que cargar. Adentro todo se veía sepia. Las esquinas parecían no existir, sino que decidíamos doblar al unísono. Las calles eran un líquido y todos nosotros el recipiente: no tenían opción más que adaptarse a nuestra forma y voluntad.

Ella me miró y yo la nombré Ana. Escribí unos avergonzantes versos comparando su mirada con un martillo (o algo así) y mis pulmones con vidrio. Usé todos los sinónimos que conozco de "destruir" y me acordé de por qué está mal hablar de amor. "Hay muchas cosas que pueden pasar entre una mirada y enamorarse" todavía escucho cuando pienso en lo incorrecto que está usar esos términos, como si todo fuera lo mismo.

Me acuerdo de lo que tenía puesto (el sepia del aire; puede ser que surgiera de ella), de los ojos y de los labios. Desencadenaron recuerdos de todas las vergüenzas, pero en lugar de sonrojarme me reí como un idiota. Tampoco me importó. No se trataba de materializar a Ana en ningún tipo de contacto o relación, simplemente fue un momento de los que uno se imagina que están hechos los optimistas. Me concentré en guardarlo para después y hoy, cuando la marea estuvo más baja, alcancé a ver la isla húmeda de su cara -filtrada sepia- que asomaba.

1 comentario: