Ayer.

Las diez cuadras se hacen largas. Son insidiosas. Parece que ya estoy ahí, pero ellas se extienden sin avisar; como vengándose porque no las caminé cuando la lluvia las hacía menos amigables. Tal vez sea porque ya bajó el Sol. Mientras no haga calor durante el día, que incrementa cualquier esfuerzo y, por lo tanto, sensibiliza las piernas a cualquier distancia, las calles parecen, en general, más largas a la noche. No que me queje, por el contrario: significa que uno puede caminar menos físicamente y sentir, anímicamente, que caminó más. Casi siempre es bueno, porque a veces hay apuro. Cada vez que noto cómo la distancia no se acorta tengo que mirar para atrás, así me aseguro de que sigo caminando hacia adelante.

De a poco, sin embargo, las diez me van convenciendo de que no estaban vengándose (qué mal pensado), sino invitándome a recorrerlas de verdad. Es raro porque ya las conocía, pero hoy deben haberme estado esperando. Se prepararon. Se arreglaron. Conspiraron con el puente para que esperara que se me cayera el mundo encima y ahora que eso no pasó y me convencí de que hoy no pasa, me acarician los pies y casi que me hacen olvidarme del día molesto. Ellos me dicen que es momento de ir despacio: vamos, la solución al apuro no es más apuro, es distracción, y nadie se distrae sin contemplación, susurran, porque les gustan las caricias. Escuchando subrepticiamente, las calles invitan amigas. Todavía no llegué a la décima, pero ya veo cómo llaman a la onceava y hasta a la vigésima.

1, 1, 2, 3, 5.

Tenemos una obsesión con la originalidad. No hay nada nuevo
bajo el Sol, pero parece que esa idea nos aterra. No debería. Hay algo hermoso en la repetición. Sin embargo, estamos obsesionados con el fetiche de la anomalía y despreciamos la analogía. Esta actitud se filtra en toda nuestra percepción del mundo y nuestra percepción del mundo termina siendo el filtro que propone ese fetiche.

Tememos todo lo que se repite. Se nos enseña que hay que conocer la historia para no repetir los mismos errores, pero se olvidan de que también hay que conocer la historia para repetir los mismos éxitos. Este desconocimiento de la historia (y este acercamiento a su conocimiento) se transfiere a lo individual: tratamos de olvidarnos del pasado. "Yo no tengo pasado", "olvidate de mi pasado", "yo soy acá y ahora", etc. Es una estupidéz. Sos acá y ahora porque tenés pasado, sos acá y ahora porque fuiste allá y entonces. Esa ilusión de ser una persona sin pasado radica en que querríamos no haber cometido los errores que cometimos y en que preferiríamos que las otras personas no nos reconocieran por ellos, sino por lo que les presentamos "acá y ahora". Nos olvidamos de que lo que presentamos acá y ahora es así gracias (y por culpa de) lo anterior y, además, de que es gracias a ese pasado que sabemos lo que queremos y lo que nos agrada. No hay que conocer el pasado sólo para evitar los errores, sino también para saber qué es lo que sí queremos repetir. Y si, por todo aquello que repetimos, nos juzgan de inadecuados para lo que sea, es posible que tengan razón. Llegó la hora de crecer y aceptarse como individuo falible. No puedo imaginarme nada más aburrido que un ser humano sin pasado; que es prácticamente lo mismo que decir un ser humano sin personalidad, experiencias, sabiduría, chistes verdes.

Terminamos por transferir este fetiche inútil e ingenuo a nuestra vida diaria (que supuestamente es el "presente", a pesar de que no exista tal cosa o al menos sea imposible de percibir; de hecho, cuando decimos "presente" o "aquí y ahora", nos referimos a un lapso gigante: nuestros días, nuestros meses, nuestros años. Desde cuándo y hasta cuándo queda indefinido, pero es claro que no nos referimos nunca a "este milisegundo" y debería quedar claro también que, incluso si lo hiciéramos, "este milisegundo" también es un tiempo con principio y fin y no existe ese supuesto "instante" permanente e ilimitado que es lo único que podría ser un "presente") y entonces huimos a lo que entendemos como rutina. Hay que escapar de la rutina. Hay que buscar lo excepcional y no lo repetido. La subestimamos criminalmente: la rutina es la que forma los momentos más importantes de nuestro pasado y, por lo tanto, la que forma lo que somos ahora y lo que seremos más adelante. Esa idea hollywoodense de que tenemos un día único que redefine nuestras vidas es un mito inservible. Tenemos miles de oportunidades de cambiarlo todo, sí, pero sólo terminan por definirnos aquéllas que tomamos con regularidad. Las relaciones más importantes que tenemos se basan en el constante contacto y el juego permanente en el que nos incluyen. Somos lo que sea que hayamos llegado a ser y las relaciones que logramos mantener debido a la rutina, gracias a la repetición.

Como decía en un principio, la originalidad está sobrevaluada. Muchas personas la ven como un fin en sí mismo, no lo es: demasiados actos podrían realizarse que seguramente serían originales pero que no aportarían nada a nadie. Dejo como tarea para el hogar que cada uno piense en el más ridículo que se le pueda ocurrir. La reflexión sobre ese acto puede despertar alguna idea interesante, pero eso no es diferente que con cualquier otra cosa y, al final, lo relevante es la epifanía del acto de reflexión y no la originalidad del burdo esfuerzo sobre el cual se realizó. Tanto puede reflexionarse mirando a una hormiga caminando por el pasto, tal vez una de las actividades menos originales que puedan imaginarse, que con cualquier otro acto. Lo relevante es, al final, la singularización del evento y no lo singular del evento. Esto también lleva aparejada otra pequeña reflexión: la futilidad de la persecución de la espontaneidad. Tantas personas se desesperan por ser espontáneas en su actos creativos que olvidan que espontaneidad necesariamente implica automatización. La única forma de escaparse de la prisión automática de lo espontáneo es el acto introspectivo, el análisis de nuestra propia automatización, la abstracción (base de todo lo interesante que nos permiten hacer nuestras capacidades cognitivas superiores) de nuestros procesos de repetición para saber cuándo y cómo es relevante producir la excepción. A su  vez, lograr ese acto requiere de conocimiento, investigación: la construcción de un pasado (una memoria) más productivo.

Voy a repetir hasta morirme que dejemos de ser tan infantiles y aprendamos el valor de la repetición. Es lo único que nos forma. Las situaciones análogas nos unen, las excepcionales sólo lo logran si son analogables con otras. En eso se basa todo nuestro aparato cognitivo, todo el lenguaje, todas las abstracciones de las que somos capaces tienen base en que haya repetición. La vida de puras excepciones es lo que (como bien calculaba el gran repetidor de patrones ficcionales, Jorgito) atormentaría a alguien como Funes el memorioso.

Zwischen Semtex und Utopie.

Desde los reflejos de astros en superficies irrelevantes hasta la comprensión de la materia oscura. Desde la lúz del señuelo de un pez barófilo hasta el vuelo de las golondrinas. En fin, desde que dijimos "hola" hasta que entendimos lo que comunicábamos. Siempre incapaces de hablar de cosas que tuvieran que ver con nosotros, aunque excepcionalmente aptos para tener conversaciones.

Cuando habitamos el interludio y explotamos en la utopía nos olvidamos de las antenas al cielo y las reemplazamos por las espirales en el año cero. Me cansé de las referencias elaboradas y decidí que era mejor hablar de mí. Ahora entiendo que el "referencial" es un lenguaje que refleja las cosas que queremos decir con las palabras que no elegiríamos; pero ya es tarde. Ya atrofié el órgano del lenguaje. Vas a tener que esperar a que aprenda a balbucear honestamente en lugar de mentirte con tanto *arcanismo.

2003

Todavía estoy intentando recuperar el Sol de esa tarde. Fue perfecto. El colectivo se movía aletargado, pesado por la atmósfera que tenía que cargar. Adentro todo se veía sepia. Las esquinas parecían no existir, sino que decidíamos doblar al unísono. Las calles eran un líquido y todos nosotros el recipiente: no tenían opción más que adaptarse a nuestra forma y voluntad.

Ella me miró y yo la nombré Ana. Escribí unos avergonzantes versos comparando su mirada con un martillo (o algo así) y mis pulmones con vidrio. Usé todos los sinónimos que conozco de "destruir" y me acordé de por qué está mal hablar de amor. "Hay muchas cosas que pueden pasar entre una mirada y enamorarse" todavía escucho cuando pienso en lo incorrecto que está usar esos términos, como si todo fuera lo mismo.

Me acuerdo de lo que tenía puesto (el sepia del aire; puede ser que surgiera de ella), de los ojos y de los labios. Desencadenaron recuerdos de todas las vergüenzas, pero en lugar de sonrojarme me reí como un idiota. Tampoco me importó. No se trataba de materializar a Ana en ningún tipo de contacto o relación, simplemente fue un momento de los que uno se imagina que están hechos los optimistas. Me concentré en guardarlo para después y hoy, cuando la marea estuvo más baja, alcancé a ver la isla húmeda de su cara -filtrada sepia- que asomaba.

Un par de pasos.

Siempre corriendo para los lugares que no son. Algunos parece que son espejismos, otros parece que me convierten en espejismo; se deshacen a medida que te acercás o hacen que te deshagas mientras más querés estar ahí. Al final, cuando me dijeron "vos para esto no estás", me parece que se referían a algo más general: no estoy para correr, no que no estoy para correr en esa dirección. Entonces salgo a caminar. Deambulo, dirán. Es mejor así: sin dirección, pero perseverante.

Anoto cosas en el celular, cosas para después o direcciones de lugares que me gustan. Eso último se siente prometedor: son como islas postergadas, viajes potenciales; King Kong estará en alguna. Como sea, son lugares a los que volver, pero mientras más procrastino visitarlas menos "volver" y más "ir" va a ser visitarlas. Es como improvisar escritura; es como conversar en forma de pasos, digo, caminar a la noche. Es, también, uno de mis momentos favoritos para pensar. Todas las cosas concuerdan en que es de noche y confabulan para encontrarse en ese estado. No soy quién para contradecirlas.

¿Cuánto hace ya de Magdalena?

Hay mujeres de las que no me puedo olvidar. Con algunas no tuve nada, con otras tuve algo fugaz, con unas tuve algo eterno y con otras algo fugaz que surgió de algo eterno. Son todas tan diferentes y las relaciones que tuve con cada una son de categorías tan incompatibles que parecería difícil encontrar algún punto en común aparte de que se cruzaron conmigo. Pero estoy bañándome o dibujando o escribiendo, estudiando o armando una computadora y de repente veo un disipador o leo una idea dorada como la memoria, y ahí están de nuevo. No diría que me acechan o persiguen, pero siempre me agarran por sorpresa. Es como acordarse de un sueño o resolver un problema subconscientemente y que la mente te muestre la solución en una pancarta gigante. A veces asusta un poco.

Es difícil no pensar en mi madre. Pocas mujeres pueden tener ese efecto en tu vida. Me formó y deformó como sólo los padres pueden hacerlo. Le debo mis virtudes y mis vicios. No, ya es hora de responsabilizarme de mis virtudes y mis vicios. Pero digamos, si la vida es la posibilidad máxima (es la posibilidad madre), le debo, al menos, la mitad del agradecimiento por todo.

Hay muertes que definen tu vida tanto o más que las vidas con las que te cruzás. Es cierto que nos movemos paralelamente ansiando perpendicularidad, pero ¿perpendicularidad con qué? Tiendo a creer que con otras vidas. Sin embargo, las muertes de esos amigos y familiares que se mantienen cerca también forman ángulos rectos con vos. Son esas muertes de la gente que no se va. Um die Ecke, sozusagen. Al final, no somos una línea en búsqueda de intersecciones, sino una grilla, pero siempre estamos, parece, en el extremo más vacío. Dejamos muchas esquinas atrás. Creo que sin darnos cuenta buscamos ese efecto, la huella de la perpendicularidad, y no necesariamente el cruce físico.

De las mujeres de las que no me puedo olvidar no hay ninguna que no esté tan ausente que sería lo mismo que hubiera muerto. No sé bien cuál es la diferencia entre la muerte y esa ausencia prolongada si todo sólo es posible percibirlo desde mí. Supongo que si uno sabe de la muerte, entonces, puede ser distinto; pero si las condiciones están dadas sólo con la ausencia, lo único que falta es convencerse a uno mismo de que es permanente. Me pregunto si las intersecciones con ellas no habrán tenido ese efecto de gravado porque ya mi mente se convenció de que murieron. Siempre tuve esa cosa de no querer repetir relaciones. Tal vez sea una forma de mantener la ilusión y ahora sólo falta que me sorprenda con esa pancarta.