1, 1, 2, 3, 5.

Tenemos una obsesión con la originalidad. No hay nada nuevo
bajo el Sol, pero parece que esa idea nos aterra. No debería. Hay algo hermoso en la repetición. Sin embargo, estamos obsesionados con el fetiche de la anomalía y despreciamos la analogía. Esta actitud se filtra en toda nuestra percepción del mundo y nuestra percepción del mundo termina siendo el filtro que propone ese fetiche.

Tememos todo lo que se repite. Se nos enseña que hay que conocer la historia para no repetir los mismos errores, pero se olvidan de que también hay que conocer la historia para repetir los mismos éxitos. Este desconocimiento de la historia (y este acercamiento a su conocimiento) se transfiere a lo individual: tratamos de olvidarnos del pasado. "Yo no tengo pasado", "olvidate de mi pasado", "yo soy acá y ahora", etc. Es una estupidéz. Sos acá y ahora porque tenés pasado, sos acá y ahora porque fuiste allá y entonces. Esa ilusión de ser una persona sin pasado radica en que querríamos no haber cometido los errores que cometimos y en que preferiríamos que las otras personas no nos reconocieran por ellos, sino por lo que les presentamos "acá y ahora". Nos olvidamos de que lo que presentamos acá y ahora es así gracias (y por culpa de) lo anterior y, además, de que es gracias a ese pasado que sabemos lo que queremos y lo que nos agrada. No hay que conocer el pasado sólo para evitar los errores, sino también para saber qué es lo que sí queremos repetir. Y si, por todo aquello que repetimos, nos juzgan de inadecuados para lo que sea, es posible que tengan razón. Llegó la hora de crecer y aceptarse como individuo falible. No puedo imaginarme nada más aburrido que un ser humano sin pasado; que es prácticamente lo mismo que decir un ser humano sin personalidad, experiencias, sabiduría, chistes verdes.

Terminamos por transferir este fetiche inútil e ingenuo a nuestra vida diaria (que supuestamente es el "presente", a pesar de que no exista tal cosa o al menos sea imposible de percibir; de hecho, cuando decimos "presente" o "aquí y ahora", nos referimos a un lapso gigante: nuestros días, nuestros meses, nuestros años. Desde cuándo y hasta cuándo queda indefinido, pero es claro que no nos referimos nunca a "este milisegundo" y debería quedar claro también que, incluso si lo hiciéramos, "este milisegundo" también es un tiempo con principio y fin y no existe ese supuesto "instante" permanente e ilimitado que es lo único que podría ser un "presente") y entonces huimos a lo que entendemos como rutina. Hay que escapar de la rutina. Hay que buscar lo excepcional y no lo repetido. La subestimamos criminalmente: la rutina es la que forma los momentos más importantes de nuestro pasado y, por lo tanto, la que forma lo que somos ahora y lo que seremos más adelante. Esa idea hollywoodense de que tenemos un día único que redefine nuestras vidas es un mito inservible. Tenemos miles de oportunidades de cambiarlo todo, sí, pero sólo terminan por definirnos aquéllas que tomamos con regularidad. Las relaciones más importantes que tenemos se basan en el constante contacto y el juego permanente en el que nos incluyen. Somos lo que sea que hayamos llegado a ser y las relaciones que logramos mantener debido a la rutina, gracias a la repetición.

Como decía en un principio, la originalidad está sobrevaluada. Muchas personas la ven como un fin en sí mismo, no lo es: demasiados actos podrían realizarse que seguramente serían originales pero que no aportarían nada a nadie. Dejo como tarea para el hogar que cada uno piense en el más ridículo que se le pueda ocurrir. La reflexión sobre ese acto puede despertar alguna idea interesante, pero eso no es diferente que con cualquier otra cosa y, al final, lo relevante es la epifanía del acto de reflexión y no la originalidad del burdo esfuerzo sobre el cual se realizó. Tanto puede reflexionarse mirando a una hormiga caminando por el pasto, tal vez una de las actividades menos originales que puedan imaginarse, que con cualquier otro acto. Lo relevante es, al final, la singularización del evento y no lo singular del evento. Esto también lleva aparejada otra pequeña reflexión: la futilidad de la persecución de la espontaneidad. Tantas personas se desesperan por ser espontáneas en su actos creativos que olvidan que espontaneidad necesariamente implica automatización. La única forma de escaparse de la prisión automática de lo espontáneo es el acto introspectivo, el análisis de nuestra propia automatización, la abstracción (base de todo lo interesante que nos permiten hacer nuestras capacidades cognitivas superiores) de nuestros procesos de repetición para saber cuándo y cómo es relevante producir la excepción. A su  vez, lograr ese acto requiere de conocimiento, investigación: la construcción de un pasado (una memoria) más productivo.

Voy a repetir hasta morirme que dejemos de ser tan infantiles y aprendamos el valor de la repetición. Es lo único que nos forma. Las situaciones análogas nos unen, las excepcionales sólo lo logran si son analogables con otras. En eso se basa todo nuestro aparato cognitivo, todo el lenguaje, todas las abstracciones de las que somos capaces tienen base en que haya repetición. La vida de puras excepciones es lo que (como bien calculaba el gran repetidor de patrones ficcionales, Jorgito) atormentaría a alguien como Funes el memorioso.

Zwischen Semtex und Utopie.

Desde los reflejos de astros en superficies irrelevantes hasta la comprensión de la materia oscura. Desde la lúz del señuelo de un pez barófilo hasta el vuelo de las golondrinas. En fin, desde que dijimos "hola" hasta que entendimos lo que comunicábamos. Siempre incapaces de hablar de cosas que tuvieran que ver con nosotros, aunque excepcionalmente aptos para tener conversaciones.

Cuando habitamos el interludio y explotamos en la utopía nos olvidamos de las antenas al cielo y las reemplazamos por las espirales en el año cero. Me cansé de las referencias elaboradas y decidí que era mejor hablar de mí. Ahora entiendo que el "referencial" es un lenguaje que refleja las cosas que queremos decir con las palabras que no elegiríamos; pero ya es tarde. Ya atrofié el órgano del lenguaje. Vas a tener que esperar a que aprenda a balbucear honestamente en lugar de mentirte con tanto *arcanismo.