Emergencia 1

Hoy encontré un pelo tuyo entre mis cosas. Rojo, largo, ligeramente ondulado. Se enrubiecía hacia el final, ¿o era el principio? No podía saber; no tenía raíz visible. Me pregunté si se habría cortado (debía ser un segmento muy pequeño el que se había perdido -justo la raíz- porque el que tenía yo parecía del largo adecuado) durante o después de la extracción. O pérdida. Lo que fuera. Si durante, te habrías quedado con la raíz y, de alguna manera, ambos tendríamos el mismo cabello. Si después, tendrías uno nuevo y yo, ¿qué haría con éste? Si era la primera, probablemente esto fuera todo lo que había de esta hebra de vos acá. Si era la otra, tal vez entre vueltas, movimientos, tapadas, destapadas, la raíz se hubiera cortado y todavía estaría en algún lugar de mi cama; invisible sin el resto de su cuerpo.

Tomé un extremo con cada mano (pulgar e índice, como delgadas y precisas tenazas) y lo extendí horizontalmente. Despacio, sin tensarlo demasiado, no quería deshacerme de su sinuosidad natural. Giré ligeramente el torso, acompañando la torsión con la cabeza,  las manos extendidas al frente, sosteniendo el haz de vos delante de mis ojos. Se veía como un horizonte, como la franja de luz naranja de un amanecer o un atardecer. Siempre es difícil saber cuál. "Un atardecer, obviamente", pensé. "¿Por qué?", interrogó otra parte de mí, o alguien en mí, desde otro lado. Sonreí y expulsé algo de aire oclusivamente, como una risa sofocada, ambigua. "Porque lo relaciono con un final. Qué cliché." Inmediatamente, sin palabras, me di cuenta de que eso no era cierto. No es cierto. No fue ni ha sido cierto. Recordé, en imágenes y sensaciones, que el atardecer es el comienzo para mí. La noche es mi tiempo. El resto es sólo un trance. Mi parte favorita es la que viene después. Sonreí otra vez, pero en esta oportunidad sí creía en esos pensamientos, esas sensaciones, esa falta de lenguaje.

Seguí mirando. Ahora lo aflojaba, permitiendo que descendiera suavemente para formar una especie de valle rojizo, después lo rectificaba, de nuevo, con suavidad. Esta vez se me figuró más como un mar de lava. Subía y bajaba, burbujeaba, se quejaba y ardía. Era muy claro que ardía. Pero yo lo estaba sosteniendo. Refulgía brillante. Pensé en cenizas volcánicas, viajando kilómetros en el viento y llegando a ciudades lejanas, cubriéndolo todo con los restos de algo que antes ardía.

Solté un extremo. Colgó de la única mano que ahora mantenía presión, casi inerte, pero brillando rojizo y dorado. Parecía una mecha encendida, parecía que en cualquier momento iba a quemarse por completo, en dirección a mí, y algo iba a explotar. No me preocupaba demasiado, pero se sentía el olor a cataclismo en el aire.

Después de mirarlo un rato más, reflejando la luz de más formas de las que imaginé que era capaz, lo solté. Cayó lenta pero definitivamente de nuevo sobre mi cama. Decidí dejar que se quedara ahí. Esta hebra de vos. Estuviera donde estuviera su raíz, no importa, ya se iría sola.

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