Siempre que veo una señora con un pañuelo en la cabeza y sin cejas se me cae la fachada (que sólo sirve para mí) de insensible. Ya pasó mucho tiempo desde la última vez que tuve lágrimas en los ojos, pero puedo sentir el impulso. "Estoy perdiendo el control; se rebalsa el dique".

Lo que noté en la mujer que vi hoy, fue que tenía una pulsera roja, de tela, ésas del Gauchito Gil o lo que sea. Me hizo pensar en lo fácil que es abrirse a la superstición. Pensé que no me culparía a mí mismo si tuviera que abandonar el escepticismo cuando crea que estoy por morir. Capaz hasta me cuelgue un crucifijo. No creo que nadie tenga las bolas para criticármelo.

Me vi puto, macho, exitoso, perdedor, dibujante, escritor, inteligente, pelotudo, creativo, infértil, gracioso, aburrido, feliz, deprimido; tan cerca me sentí de la muerte que no vi mi vida, sino todas las vidas posibles. Lo único que se mantenía era mi sexo y mi aspecto físico: tan superficial es mi identidad. Supongo que no me vi creyente, ni humilde, tampoco: cisexual, arrogante y escéptico; lo único que importa. Sonreí y presté atención a la canción que escuchaba: ésos serían los elementos de mi superstición.

El pañuelo y el artículo religioso: la vanidad y la superstición: el traje de la muerte.