Ayer.

Las diez cuadras se hacen largas. Son insidiosas. Parece que ya estoy ahí, pero ellas se extienden sin avisar; como vengándose porque no las caminé cuando la lluvia las hacía menos amigables. Tal vez sea porque ya bajó el Sol. Mientras no haga calor durante el día, que incrementa cualquier esfuerzo y, por lo tanto, sensibiliza las piernas a cualquier distancia, las calles parecen, en general, más largas a la noche. No que me queje, por el contrario: significa que uno puede caminar menos físicamente y sentir, anímicamente, que caminó más. Casi siempre es bueno, porque a veces hay apuro. Cada vez que noto cómo la distancia no se acorta tengo que mirar para atrás, así me aseguro de que sigo caminando hacia adelante.

De a poco, sin embargo, las diez me van convenciendo de que no estaban vengándose (qué mal pensado), sino invitándome a recorrerlas de verdad. Es raro porque ya las conocía, pero hoy deben haberme estado esperando. Se prepararon. Se arreglaron. Conspiraron con el puente para que esperara que se me cayera el mundo encima y ahora que eso no pasó y me convencí de que hoy no pasa, me acarician los pies y casi que me hacen olvidarme del día molesto. Ellos me dicen que es momento de ir despacio: vamos, la solución al apuro no es más apuro, es distracción, y nadie se distrae sin contemplación, susurran, porque les gustan las caricias. Escuchando subrepticiamente, las calles invitan amigas. Todavía no llegué a la décima, pero ya veo cómo llaman a la onceava y hasta a la vigésima.