¿Hoy?

La puta madre, no voy a caminar las diez cuadras que quedan en la lluvia. Esperar no tiene
sentido salvo que espere justo el tiempo necesario para ver cuando se detiene y no puedo saber cuánto tiempo será. Aunque ya estuve en contacto con el agua y diez cuadras no es tanto, los techos intermitentes que me cubran de camino deberían ser suficiente. Pero si espero cinco minutos y justo para... Sería más cómodo caminar sin lluvia; está demasiado fuerte para disfrutarla. O tal vez podría disfrutar la espera. Darme tiempo para pensar un rato. En fin, ya estoy bajo el puente. Estoy volviendo, no yendo, puedo hacerme algo de tiempo. Debería estar más apurado por volver que por ir, sin embargo; el apuro de ir es arbitrario, no tiene nada que ver conmigo: el de volver es el que surge de mí. Pero volver significa llegar al estado de reposo, el apuro tiene que ser en la medida justa porque la fuerza del impacto, recuerdo, es inversamente proporcional al tiempo que toma alcanzar ese estado. Asique debe ser medido. Es necesario llegar porque... el estado de reposo es el tiempo realmente mío, cuando estoy en movimiento es porque estoy haciendo cosas para otros. El momento de esa fuerza se pierde rápido. El reposo parece, paradójicamente, tener más momento simplemente porque lo genero yo.

Hay varias personas abajo del puente. Por un rato compartimos un techo. Nos escondemos de la lluvia. Quedamos refugiados y descubrimos lo que, en ese momento, parecer ser "lo humano": la opción de buscar techo-- no, que exista esa opción y que podamos crear las condiciones para satisfacerla independientemente de lo que la geografía deparara para nosotros en este clima. Creo que todos pensamos, aunque tal vez no sincrónicamente, en la construcción de chozas, la búsqueda del fuego, tiempos  en los que las montañas, los árboles, fueron los lugares donde podíamos refugiarnos de todo lo que viene de arriba. Todo lo que está arriba nuestro puede caérsenos encima, asique nos escondemos bajo los obstáculos que podemos interponerle: en ellos confiamos porque los hicimos nosotros. En última instancia, si son ellos los que caen, es suicidio y creo que preferimos eso. Claro, inmediatamente después de tener esa idea uno se da cuenta de que en realidad está usando una construcción ajena, perteneciente a alguna especie de intelecto colectivo en el que no se está incluído. Tal vez, entonces, lo reconfortante no sea pensar que controlaríamos ese suicidio, sino que nos mataría algo humano. ¿Tan desesperados estamos por contacto con nuestra propia especie o queremos alguien a quien culpar? Como sea, por ahora somos una comunidad unida por el primitivo deseo de no sucumbir ante lo que entendemos como naturaleza. Entonces descubrimos o recordamos a quienes estaban acá antes que nosotros y que probablemente queden cuando nos vayamos. Quienes se ocultan bajo el puente no sólo de la lluvia, sino también de nosotros. Por cinco o diez minutos somos invitados en su refugio de las cosas que caen de arriba o lo invadimos cordialmente. La naturaleza, Dios, lo que sea. Es de eso de lo que hay que refugiarse, mientras más grande sea, más fuerte es el impacto. 

Una nena me mira y dice algo que no oigo porque estoy escuchando música. Creo que dijo "hola", asique sonrío y la saludo con la mano. Una mujer la carga sobre la falda con un brazo cruzándole el pecho. Está mirando a un lado y hablando con dos hombres y un nene, aunque éste parece más interesado en los invitados-invasores que en la conversación que ocurre a su alrededor. Ni bien la nena termina de pronunciar su saludo, la mujer la calla con un gesto del brazo que tiene libre. Otras dos personas están charlando: un hombre que califico de aburrido porque la mujer (atractiva y parada de tal manera que pareciera que los fémures fueran los únicos huesos en sus piernas y que atravesaran los zapatos y se clavaran en el suelo lo suficientemente profundo como para evitar el más mínimo temblor) con la que habla mira en todas direcciones menos en la de su interlocutor mientras sostiene un cigarrillo que nunca parece fumar, a pesar de que cada tanto le sale humo de la boca. Después pienso que a mí me iría peor. Hay un grupo de cinco fumadores cerca de esos dos. Hablan todos a la vez pero se turnan para callar y disfrutar del placer con el que forman una niebla gris que el clima no había planeado. El resto de las personas más o menos se mezclan con el fondo; yo estoy en ese grupo. Distinguir entre los invitados y los residentes del puente es fácil: los últimos están sentados y los primeros sólo se miran entre ellos.

Paró. Sonrío y saludo intencionalmente a la nena y accidentalmente a quien asumo es su madre. Justo cuando me doy vuelta se termina la batería del dispositivo que no me permitía oírla antes, dejando por la mitad un tema de alguna banda de nombre pretencioso, y escucho un simple "chau" con una compleja entonación que es imposible no entender como sincera despedida. En comparación, mi gesto apurado de oídos tapados parece casi un insulto. Me siento mal por unos segundos.

Al salir del refugio del puente pareciera que se me vienen encima el mundo, el cielo y los astros. Después recuerdo que no es para tanto: no hay nada allá afuera, salvo la sensación de ser observado. ¿O tal vez eso sea Dios?